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La danza como motor de estados

Sabido es que el ser humano ha estado ligado desde siempre a la danza, ha sido su primer medio de comunicación, incluso antes del habla. Desde la danza contemporánea se reivindica el uso del movimiento y del cuerpo como medio expresivo y comunicativo haciendo mayor hincapié en su origen que en la búsqueda de la estética perfecta. Así, el concepto de danza que desde esta disciplina se trabaja favorece la participación de cualquier tipo de persona, beneficiando positivamente su desarrollo en todos los ámbitos: motriz, social, personal, afectivo, etc. Podríamos seguir el discurso en esta línea, propia de la bibliografía especializada en el tema, o de programas educativos o de propaganda con fines lucrativos. Pero no es nuestra pretensión argumentar los beneficios que reporta consumir danza, ni la importancia que para cualquier persona tiene o debería tener en su vida. Cuando bailas con un grupo de personas sientes que realmente formas parte de un todo en el que cada uno puede crecer y expresarse gracias a la energía, la confianza, la alegría que esa microsociedad le transmite. Sólo cuando bailo me siento libre, la danza me permite una "descorporalización" que me traslada a lo inaccesible de mi ser y del resto del universo. La danza es una de las pocas armas que nos quedan para hacer frente al sistema social que nos condena, nos engaña, nos "deshumaniza".
Dicho lo dicho, es de lamentar que algo "de sobras conocido" disfrute de tan escasa difusión y se eternice como una práctica de minorías. Creemos que el desapego social hacia la vivencia profunda de la danza, y con ella de sus beneficios individuales y colectivos, no es sólo el resultado de una escasa democratización de su ejercicio y su conocimiento (extensible a toda educación estética), sino, más allá de ello, podríamos hablar de la historia de una pérdida. Los ejemplos del papel central de la danza en las sociedades del pasado son universales: hace 1.300 años, el noroeste de la actual Argentina conoció el desarrollo de la cultura denominada de la Aguada, en la que el túsuy (del quichua, bailar o danzar) se constituía en la vía de conexión con lo sobrenatural. El túsuj es el danzante o chamán que realiza el baile ceremonial, complemento indispensable para entrar en trance y establecer el "contacto". Ejemplos como éste abundan a lo largo y ancho del planeta, perviviendo en las llamadas sociedades primitivas actuales. Algo más cerca, en las mismas raíces de la cultura europea, basta revisar la teoría aristotélica de la tragedia contenida en su Poética. Si en uno y otro caso el objetivo era la unión con la trascendencia y la catarsis colectiva, respectivamente, nuestra pretensión es hacer de la danza un motor de estados, tanto en la persona que la ejecuta como en la que participa de ella como espectadora. La premisa es favorecer la implicación en el experimento, despersonalizándose si se quiere, dejándose llevar…


 

DIRECCIÓN: Diego Arias

COREOGRAFÍA: Diego Arias

VESTUARIO: Norma García

ILUMINACIÓN: Eladio Cano - Azael ferrer

MÚSICA: Juan Baca